MARK TOBEY

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Thursday, November 26, 2009Saturday, February 13, 2010


Madrid, Spain

La Galería Cayón tiene el placer de presentar, tras la retrospectiva del Museo Reina Sofía de 1997, la exposición individual del artista Mark Tobey (Centerville, Wisconsin, EE.UU., 1890–Basilea, Suiza, 1976).

Tobey inicia su labor artística en 1911 trabajando como retratista y delineante en una casa de modas de Nueva York. Realizará su primera exposición con 27 años. La Primera Guerra Mundial le afecta profundamente, haciendo nacer en él el odio a la capacidad destructiva de la cultura occidental. De este modo, comenzará a estudiar la filosofía y religiones orientales (en concreto la secta Baha´i), así como la caligrafía china y la pintura zen. Gracias a esto desarrollará a partir de 1935 una pintura meditativa que supuso una extraordinaria influencia en los artistas expresionistas: a día de hoy es indiscutido el enorme peso de la pintura de Tobey en Jackson Pollock, que conocía su obra desde 1946. Mediante el juego de signos caligráficos (Calligraphy o Green Field) y a base de la superposición de finas líneas que recorren de lado a lado el soporte (all over), en una técnica por él denominada “escritura blanca” o white writing, Tobey consigue transmitir una gran sensibilidad, trenzada por medio de un estilo de vida introspectivo y de contemplación. Sus obras no se presentan como espejo de la realidad, sino más bien como campo de reflexión sobre la sociedad moderna: ciudades industriales, masas de gente en continuo movimiento, etc. (Oncoming Circles); o el paso del tiempo y el estudio de la naturaleza (Snowy Evening, Autumn’s Arrival). Este modo de hacer contrasta con la sucesora expresividad del action painting, mucho más impulsivo y agresivo. Tobey no es un artista de acción, sino de meditación aunque recurra al azar, caso del monotipo que presentamos de 1968 realizado gracias a una plancha de poliespán. Perspectiva y profundidad no son aquí sino un estudio del color y su textura. No existen líneas rectas que dirijan nuestra mirada a un punto determinado, sino más bien un remolino de colores que envuelven al espectador a través de entrecruzamientos más o menos matéricos sin término ni inicio. El artista trabaja fundamentalmente en pequeño formato con gran minuciosidad, tanto que recuerda a la delicadeza de las miniaturas de los antiguos códices. Son pequeñas joyas, aunque monumentales por la energía interior que desprenden. En palabras del artista “El desarrollo de mi obra ha sido más subconsciente que consciente, no trabajo a través de deducciones intelectuales. Mi obra es una especie de contemplación autocontenida dado que no tengo ideas fijas, mi obra está en un estado de constante flujo, o al menos a mí me lo parece”.

Catorce son las obras seleccionadas para esta muestra, datan entre 1952 y 1970. Se trata del período más maduro de un artista que había ganado en 1958 el Primer Premio de la Bienal de Venecia en pintura, el mismo año que lo gana Chillida en escultura.